Samuel (Es la historia de un joven de 21 años originario de General Escobedo, Nuevo León. Cuenta sus aventuras en las filas del terror, de la delincuencia organizada)

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Samuel (Es la historia de un joven de 21 años originario de General Escobedo, Nuevo León. Cuenta sus aventuras en las filas del terror, de la delincuencia organizada)

Mensaje por karla el Mar Dic 14, 2010 1:36 pm

La historia de Samuel

Samuel, nombre ficticio que decidió tomar para proteger su identidad, es un joven de no más de 25 años de edad, aunque su apariencia es la de una persona de entre 25 y 30 años, la realidad es que tiene 21 años de existencia. Originario de una colonia conflictiva de General Escobedo, Nuevo León, Samuel creció en un hogar con un núcleo familiar fallido. Hijo de madre soltera, vivió en casa de su abuela hasta los doce años, con su mamá y su hermana mayor, durante su infancia conoció a muchos hombres que lo educarían por breves períodos de tiempo.

Diana, su hermana, es dos años mayor que él, ambos son una suerte de hermanastros, hijos de padres distintos, pero la misma madre. Críados por su abuela, ya que su madre trabajaba como mesera en una cantina de la avenida Aztlán, en la ciudad de Monterrey, por el área de San Bernabé, conocieron las carencias durante casi dos décadas, hasta que Samuel hizo lo que muchos jóvenes de hogares destrozados, se unió a las filas de la delincuencia organizada.

Así comienza su historia, como la de miles de jóvenes mexicanos, que dejaron atrás la pobreza, aunque sea de manera efímera, pues prefieren vivir un año como ricos que toda una vida como pobres, o al menos esa es la idea que les vendieron, pues Samuel aprendió, a la mala, que no todo lo que brilla es oro.

Samuel accedió a contar su historia, no para que los jóvenes aprendan de su error, no para que alguien vea lo díficil que fue su vida, lo hizo porque le gusta presumir sus hazañas, sus aventuras en las filas del terror, de la delincuencia organizada, lo hizo “para que vean que soy bien chingón“.

“Para que vean que soy bien chingón“, con esa mentalidad creció y con esa mentalidad vive, a pesar de que no vive una vida digna.

La vida de Samuel fue como la de muchos chicos que crecen en las colonias populares de nuestro estado, en los cientos de Fomerrey, no la de todos, pero si la de la mayoría, creciendo corriendo en las calles descalzo, algunas veces pavimentadas y otras veces de tierra, el clásico niño morenito, tostado por el sol que corre sin camiseta y con unos calzones por las calles de su colonia, por unos años, su más fiel amigo fue un perro de raza criolla, no recuerda su nombre, pero, al recordarlo, se le observan en sus ojos rasgos de una humanidad que trata de extinguir y de fingir una dureza.

“De niño tuve una infancia normal”, relata el joven delincuente, “jugaba fút, iba a la primaria, fue ahí donde empecé a juntarme con quienes me metieron a la pandilla, mi pandilla era como cualquier otra, a veces había broncas con las de otras colonias, pero tratábamos de que todo estuviera siempre en paz, las peleas las hacíamos a riscazos, nunca me tocó ver una pistola en un pleito, sé que en las colonias de por la Indepe si se agarraban a pelotazos con fuscas viejitas, pero hasta ahí.”.

“Yo entré a los once años a la pandilla, nos drogábamos con thinner, con sarolo, activo, con lo que fuera, con cualquier cosa que apendejara”, continúa narrando, “básicamente lo que hacíamos eran pintas en las paredes, nos robábamos cosas de las tienditas de abarrotes, nada del otro mundo.”

Su acercamiento a las drogas prohíbidas llegó a la edad de trece años, uno de sus compañeros de pandilla lo invitó a consumir un cigarrillo de marihuana.

“El Lince me regaló un toque de la bacha que se estaba fumando, yo nunca había fumado ni siquiera unos delicados.”. El Lince era uno de los pandilleros mayores de la banda, tenía la edad de dieciséis años y ya había sido novio de todas las hermanas de los integrantes de la pandilla. Delgado, de tez aperlada, más alto que Samuel, cabello rapado y con un arete en la oreja, con una camiseta de un equipo de básquetbol gringo, pantalones tumbados, así describe Samuel al hombre que lo envició en las drogas.

Luego de fumar por primera vez marihuana, Samuel se sintió relajado, las múltiples preocupaciones que tenía se alejaron, qué preocupaciones puede tener un chico de trece años, ni él mismo lo puede expresar.

Me imagino que lo que quería olvidar era lo que vivía en su casa, su madre se prostituía al tiempo que trabajaba como mesera, su figura paternal eran los hombres que su madre metía por temporadas a su casa, algo así como la infancia de John Connors (el de Terminator), puros hombres que solamente le envenenaron la mente.

Así aprendió que el hombre puede golpear a la mujer y salirse con la suya, que tomar caguamas desde las once de la mañana es bien visto y que no hay nada como sentarse en la mecedora a fumar un churro de marihuana y ver la vida pasar.

Esa fue la educación que Samuel obtuvo en su casa, en la calle, la verdadera educación para el mal la estaba por vivir.

A los quince años, Samuel probó la cocaína en piedra, terminó la secundaria y no sintió la necesidad de continuar sus estudios, “sabía lo necesario y no necesitaba más escuela más que la calle.”.

Luego de probar los inhalantes, cambió a algo de más peso, las drogas suaves, como lo es la marihuana, hasta pasar a las conocidas como drogas duras, la cocaína en piedra. Fue esta droga la que lo transtornó, y lo perdió.

Bajo la guía del “Lince“, Samuel dejó los robos sin violencia a las tienditas de abarrotes y empezaron a hacer algo que les dejaba más dinero, el robo con violencia.

“Un día estábamos en el parque, en las bancas que usamos como nuestro punto de reunión, y llegó Lince con una fusca, era un revolver mojoso, no tenía gatillo y estaba muy oxidado, dijo que se lo vendieron por $500 pesos afuera de una cantina en Colón, en el centro de Monterrey, la verdad no creí que lo compró, me imagino que se lo robó al señor que lo andaba vendiendo, porque el Lince nunca traía más de $50 pesos consigo, siempre se lo gastaba en piedra.”, dice Samuel, quien continúa narrando que se deleitó mucho con el arma de fuego, que, aunque no funcionaba, mientras pusieran el dedo donde debería ir el gatillo la gente no se daría cuenta de que el arma no servía.

“En ese tiempo la piedra todavía no subía de precio, la vendían en aluminios, a un tostón, y pues era un precio que podíamos comprar con lo que podíamos perrear por ahí. La pistola nos la rolábamos entre los de la pandilla, cuando hacíamos un jale íbamos en parejas, a veces de a tres, pero casi siempre de a dos en dos, para que nos tocara más dinero, aunque el Lince no fuera al atraco como quiera le teníamos que dar dinero, porque de él era la pistola. Mi primer asalto fue a un Súper Siete, fuimos a uno a dos colonias de donde vivíamos, para que no nos reconocieran, me sentí en una película cuando me puse un paliacate en la cara y apunté la pistola a la cajera, quien se asustó. Era una sensación de poder, me sentía como en un viaje, pero sin drogas.”.

Samuel narra que sus tropelías como delincuente no siempre fueron perfectas, señala que una vez tuvo que escapar corriendo de la Policía Ministerial que casualmente andaba por el sector cuando cometieron un robo, sin embargo, en esa ocasión su acompañante no tuvo la misma suerte.

“A Fermín si lo apañaron los judiciales, le dieron una calentada para que les dijera mi nombre, pero se amarró y no soltó, como era menor de edad lo dejaron libre luego de unos meses en el Tutelar, porque él solamente fue por encubrimiento.”, pero este no fue el fin de la carrera delictiva de Samuel.

Al contrario, apenas era el comienzo, tal pareciera que el Lince tenía la habilidad de traer problemas, pues así como un día llegó con el revolver, del cual Samuel no supo decir nunca el calibre, así también llegó el adolescente delgado aquél con un montón de palomas de marihuana.

“Esa ocasión el Lince se había metido a la casa de un viejo que vendía marihuana por la colonia Flores Magón, en General Escobedo, el viejo ya tenía muchos años vendiendo y la vendía en papel de libreta, el Lince fue con otro camarada, el Pilo, a la casa del viejo y se metieron por la parte de atrás, le robaron toda la merca que encontraron en el cuarto del viejo. No sé si los habrá visto, o si sabría quién fue, pero con esa mercancía fue que pasamos de ser una pandilla que asaltaba súper sietes a ser una pandilla de narcos.”.

Claro que Samuel tenía muy altas aspiraciones, considerarse narco por el simple hecho de vender marihuana en una plaza pública rayaba en lo absurdo, pero también era más de lo que siempre fue.

“Nos ganamos el miedo de la colonia, casi toda la merca la vendimos entre los mismos camaradas, traíamos una pistola, vendíamos droga y hacíamos lo que queríamos. Todo iba bien, con lo que sacamos de la venta de la mota y con unos atracos a Oxxos empezamos a ir a comprar a la Indepe, a los escalones de la calle Lago de Pátzcuaro, nos surtimos de mota y piedra, ya teníamos el punto establecido.”, la vida empezaba a sonreírle a Samuel, quien a sus dieciséis años de edad ya se había alejado un poco de la miseria en la que siempre vivió.

“Lo primero que hice fue comprarme unos tennis Nike, originales, eran blancos con una franja negra y la palomita roja, estaban muy chingones, me compré una camisa Dickies, también original, y empecé a presumir una cadena de oro que le había robado a un chavo en un camión. Cuando vi la película de Scarface aprendí muchas cosas, pero una que nunca pude cumplir fue la de que no te drogues con tu mercancía, porque la verdad, desde que probé la piedra supe que estábamos hechos el uno para el otro.”, así narraba Samuel sus inicios en el mundo de la venta de drogas.

Esos eran buenos tiempos para Samuel, relata que empezó a comprar directamente la cocaína en piedra en la colonia Independencia, gracias a una buena relación que hizo el Lince, pasó de vender droga en una pandilla a ser socio del Lince en la venta de esta.

“Como a mi abuela no le gustaba lo de la venta de drogas siempre vendimos en la plaza de la colonia, todo iba bien, de hecho el Lince embarazó a Diana, mi carnala, y eso nos unió más. Como mi carnala estaba embarazada y lo del hospital es caro, empezamos a jalar más fuerte, nos empezamos a poner más rato para la venta, en distintos horarios, para sacar para cuando se aliviara mi hermana.”.

Pero no todo es miel sobre hojuelas, llegó el día en que todos los narcomenudistas empezaron a batallar, cuando los Zetas empezaron a tomar el control del narcomenudeo.

“Un día estábamos como siempre en la plaza, vendiendo, estábamos el Lince, Fermín, que ya había salido, no me acuerdo si Aldo, que es otro camarada, y yo. Llegaron dos patrullas de Escobedo y dos camionetas negras, se nos hizo raro, pero como ya estábamos arreglados con la policía no corrimos. Saludamos al comandante y le extendió el Lince la mano para saludarlo, pero en vez de saludarlo le dio una cachetada, nos trató como si no nos conociera, y los policías que venían con él nos agarraron.”

Samuel comienza a aprender que en el mundo del narcotráfico, aún a menor escala, no existen los amigos y es una telaraña de traiciones en las que no es la araña, si no la presa de la misma, esperando pasivamente para ser devorado y desechado por ese monstruo con el que se metió.

Los policías que antes lo protegían le habían dado la espalda y sentía, luego de ver una bofetada propinada a su socio y cuñado, que tenía cerca la cárcel. Tal vez, para él, hubiera sido mejor esa opción que la que estaba a punto de conocer.

Era el año 2006, los Zetas apenas habían entrado al control del narcomenudeo en Nuevo León, y para el grueso de la población las prácticas que hoy son comúnes y conocidas por los civiles, en ese tiempo eran desconocidas.

“Luego de que los policías nos esposaron, nos subieron a la caja de la granadera, en una camioneta nos subieron al Aldo y a mí, en la otra al Lince y al Fermín, nos llevaron esposados por la espalda y tirados boca abajo en la caja, un policía nos iba cuidando, no sé si las camionetas negras iban adelante o atrás de nosotros, porque no nos dejaban voltear, pensé que era un operativo de federales con los municipales, de la Mixta o algo así, cuando ya nos tardamos mucho en llegar a la comandancia fue que me preocupé. En ese tiempo la comandancia de la policía de Escobedo estaba en el centro y nosotros agarramos con rumbo para el Libramiento Noreste.”.

Luego de la incertidumbre en la que Samuel y sus amigos se encontraban, por fin llegaron a lo que describe como un terreno en medio de la nada, solamente matorrales desérticos y cerca de alambre de púas en las orillas del lugar, así conoció al “Comandante” que lo obligaría a ser un empleado, en lugar de su propio patrón.

“Luego de que nos llevaron al terreno ese, los policías nos estaban cuidando y las personas de las camionetas negras se bajaron, eran cuatro en cada camioneta, no andaban uniformados, ni tenían la finta de los narcos de las películas, uno fue el que habló nada más, los demás estaban a sus lados con armas, pistolas y metralletas, callados, seguíamos esposados y nos tenían hincados. La persona que nos estaba hablando nos empezó a preguntar si bateábamos suelta, o sea, si vendíamos drogas, a lo que la verdad la cagamos, porque dijimos que no, aunque nos habían encontrado todo lo que estábamos vendiendo.”

Con una sonrisa en la cara, Samuel cuenta lo que pasó después, la sonrisa no sé diferenciar si es de burla o de resignación.

“Por pasados de verga nos tablearon, en ese tiempo casi nadie sabía lo que era tablear, y cuando dijo el del mando que nos iban a tablear para poner el ejemplo, pues nos quedamos viendo como pendejos, cuando los policías nos agarraron y nos empinaron, sentí que me destrozaban las nalgas, y cómo no, si nos dieron con una tabla de madera, tenía agujeritos para que el aire no la frenara. Me dieron veinte tablazos. Que según era para que nos alineáramos, luego de esos madrazos nos dejaron ahí tirados.”

Samuel continúa relatando que sintió mucho miedo, pensando que estarían muy lejos de algún área poblada, al paso de unas horas regresó una patrulla por ellos y se los llevó detenidos, los metieron treinta y seis horas detenidos por alterar el orden.

“Ya en celdas mi abuela me encontró y pagó $500 pesos por mi multa, salí y estuve una semana en la casa, encerrado, que se me bajaran los moretones de las nalgas, los demás también salieron, por ellos no fue nadie y se tuvieron que esperar ahí el día y medio. Pero bien dice mi abuela, el perro que es huevero, aunque se queme el hocico. Y no aprendimos, ahí estuvimos otra vez en la plaza.”

Pero Samuel y sus compañeros del delito no tuvieron dinero para comprar más drogas y seguir vendiendo, volvieron a planear robos para recabar fondos y poder seguir con su empresa criminal.

“La noche del día que regresamos a la plaza estaba con el Lince caguameando en la casa, cuando nos cayó el operativo de nuevo, más patrullas con camionetas cerradas llegaron a la casa, la verdad tratamos de correr, pero no había para donde hacerse, ya mejor levantamos las manos, como rindiéndonos. Los policías se rieron y nos subieron a la caja de otra granadera, el mismo procedimiento, esposados por la espalda, pero ahora boca arriba, como si quisiera que nos calaran los moretones de los tablazos”.

Ahora Samuel y el Lince no fueron llevados a donde mismo, en esta ocasión los llevaron a una casa que Samuel dice no recordar dónde está, obviamente para no revelar datos que lo puedan identificar o a sus compañeros del delito.

“En la casa nos metieron y había más gente, eran hombres y mujeres, de diversas edades, lo mismo había señoras que chavitos, de todo tipo de gente, vaquerones, cholos, fresas, unos estaban asustados y otros resignados, imaginábamos lo peor, la muerte, y esto porque había gente con armas por varias partes de la casa. Luego vino la persona que sabría después era el encargado de la plaza de Escobedo. Alto, moreno claro, delgado, cacarizo de la cara, con cabello corto, estilo militar, de cepillo, de unos treinta años, nos dijo que él era el patrón y que si queríamos mover mugrero iba a ser de los que ellos manejan, que el que anduviera de chapulín tenía dos sopas, que lo mataran o que lo mataran.”

Lo que más sorprendió a Samuel fue que tenían su nombre completo y apodo en una libreta, así como su teléfono celular, pero no nada más el de él, si no de todos los presentes.

“Entonces, de ser nuestros propios jefes pasamos a una lista de distribución, nos empezaron a dar merca para venderla, de ahí teníamos que venderla toda y luego pasaban a recoger la lana, si no la tenías era poner de tu dinero o que te dieran unos tablazos, y la neta, ya me habían dado todos los tablazos que podría necesitar en mi vida. No soy rajón, pero no he sentido dolor igual al de una serie de tablazos.”

Seguirían vendiendo drogas pero ahora tendrían un jefe, y las fallas serían castigadas con penas que iban hasta con la vida. Muchos de los reunidos en la casa de seguridad trataron de alejarse del agarre de la Compañía, pocos lo lograron.

Samuel, por su parte, se encontraba contento, el dinero era menos, pero ya no tenía que pagar por la protección de la policía, ya no temía ser detenido por nadie, se sentía intocable, en su barrio ya nadie lo veía feo o con desprecio, ahora lo veían con temor.

“Y el miedo de la gente es lo más chingón que existe. Ya no era el hijo de la mesera puta, ahora el hijo de puta mayor.”. Dice con orgullo Samuel.

“Las desveladas eran mayores, la paga era poca, pero por fin me sentía parte de algo más grande que yo, por fin me sentía en una familia de verdad.”.

Ya dentro de La Compañía, Samuel se sentía lejos de sus inicios como ratero y vendedor de drogas del barrio, ahora era parte de la delincuencia organizada, a pesar de estar en uno de los peldaños más bajos, él se sentía con ganas de triunfar y de salir adelante, si tan solo ese esfuerzo lo hubiera dedicado a algo mejor, otra cosa hubiera sido.

Pero así hay muchos jóvenes que se van por el camino fácil, vive rápido, muere rápido.

“A diario me daban cien dosis para vender, eso fue lo primero que me dieron en mi punto, lo curioso fue que me dieron pura piedra, nada de mota, nada de perico, la orden era vender todo y que no me faltara dinero, tampoco podía aceptar monedas, solamente billetes, al que viniera con monedas lo tenía que regresar y decirle que me trajera billetes, al que aceptara monedas le tocaban tablazos.”

Al parecer, la aversión a los tablazos era muy grande en Samuel, nos sigue relatando otra de sus historias.

“Muchas veces uno va mejorando su punto, conforme a lo que vendas, cuando se me acababa la merca llamaba por Nextel para que me llevaran más, en ocasiones me llevaban 50 ó 100, dependiendo el día, por ejemplo en la quincena, vendía casi el triple de lo que me daban, un día pregunté porque ya no vendíamos mota, ya que era lo que me pedían antes mis clientes, el que me dejaba la merca me dijo que la mota no deja ganancia, que lo que deja es la piedra, porque gancha al cliente, y luego de un ratito llegan queriendo más, y con la marihuana el cliente se la fuma y le da sueño o hambre y ya no va por más.”

Samuel relata que la droga se la iban a dejar en una motocicleta dos chavos de su edad, de los cuales solamente dice conocerlos por apodo, El Lucas y Lalín, apodados así, el primero por ser un gordo con el cabello rapado, similar al tío Lucas de la Familia Addams y el segundo llamado así de cariño en su casa, tomando el mismo nombre que su padre.

“Lalín era chido, el Lucas era bien pasado de verga, yo creo que por eso lo mataron, lo mató la misma Compañía, porque les quiso ver la cara, ellos eran los encargados de recoger el dinero de los puntos y de dejar más merca cuando se acababa, un día el Lalín no fue a jalar porque su jefa se puso mala y pidió permiso de faltar, Lucas se quedó solo ese día a hacer el jale, y llegó a mi punto todo madreado, le pregunté que qué le había pasado y me dijo que dos vatos le dieron baje con la lana y la merca que traía, le pregunté que cómo eran, ya que yo conozco a todos los de la colonia, en ese momento no sospeché de él, pero si se veía nervioso cuando me dijo la descripción, con los datos que me dio se me vinieron a la mente dos camaradas que asaltaban Oxxos conmigo, pero ellos se habían abierto de con nosotros desde antes de que empezamos con lo de la bateada.”

Samuel dice que lo que hizo fue llamar por radio a la Operativa, como se le conoce a la parte de los Zetas que se encargan de darle seguridad a los puntos de venta de droga, y le pasó los datos de las personas que habían robado la Compañía.

“Nunca me había peinado, pero la verdad le tomé mucho aprecio a mi jale, yo era parte de ellos y tenía que apoyar a mis hermanos, unidos como familia, y entonces la Operativa fue a la casa de Pedrín y Lázaro, les tumbaron la puerta y se los llevaron a una casa de seguridad que tenían por Infonavit Monterreal, ahí mismo en Escobedo, luego de ponerles una chinga supieron la verdad, El Lucas si fue madreado por Pedrín y Lázaro, pero porque El Lucas le agarró las nalgas a la hermana de Pedrín afuera de la casa de éste, y cuando pasó por donde estaban ellos lo tumbaron de la moto y le pusieron una zapatiza, pero no tocaron la merca.”

Samuel comenta que supo que luego de que sus excompañeros de pandilla golpearon salvajemente a El Lucas, él se fue a esconder la cocaína en piedra y el dinero, haciendo un autorobo, cuando los sicarios del Cártel supieron la verdad, liberaron a los inculpados y fueron por el verdadero responsable.

“Del Lucas ya no se supo nada, nada más un día nos dijeron que ya no preguntáramos por él, que en ese jale no es bueno andar de preguntón. No supe cuánto dinero fue lo que se robó Lucas, pero estoy seguro que no lo pudo disfrutar.”

Samuel señaló que su rápido actuar, en dar aviso al presunto ataque que sufrió su compañero le hizo tener una buena estima entre el personal de la Operativa, y eso lo mantuvo en el radar por un tiempo.

“Mi punto tenía buenas ventas y los de la Operativa ya platicaban conmigo, una vez me invitaron con ellos, un día que tuvimos franco, nos fuimos todos al Poisson, en el centro de Monterrey, yo nunca había ido, pero estaba bueno el teibol, según supe ese bar era controlado por la Compañía y ahí hicimos y deshicimos, me la pasé muy chingón, para eso yo iba con mi mejor vestimenta, tennis de marca Adidas, pantalón de mezclilla y mi camiseta Ed Hardy, con gorra de la misma marca, todo original, porque ya tenía dinero para comprarlo así. Además de que ya no solamente traía la cadena de oro que me robé hace tiempo, ya tenía mi Santísima que me mandé hacer de oro con piedritas en los ojos”.

Samuel nos confiesa que el éxito que estaba teniendo en su vida lo sospechaba como un milagro concedido por la llamada Santa Muerte, ya que le tenía su altar y le daba sus oraciones para que todo le saliera bien.

“Un día empezó el Ejército a jalar contra nosotros, primero ni se metían en esos jales y empezaron duros los soldados, a mi me cayeron vestidos de civiles, llegaron en unas camionetas vans, como de esas regularizadas, no traían uniformes, pero si traían sus matracas, me les alcancé a pelar, no dejé la merca, me la traje conmigo en mi cangurera, ese día si detuvieron a más compañeros, ahí fue cuando nos dimos cuenta que los soldados iban a ser una piedra en el zapato.”

A pesar del inicio de la intervención del Ejército Mexicano en la lucha contra el narcomenudeo, Samuel no dejó el barco y siguió en el mismo rumbo que llevaba.

“Un día estaba en el punto y llegó una granadera de Escobedo por mí, me dijo que me subiera de volada, como ya teníamos todo en orden, le hice caso y me subí, nos fuimos de ahí y cuando voltié para atrás ya traíamos a una de las camionetas que les dicen rápidas, en una oportunidad que tuve me aventé de la patrulla, me lancé para un baldío, lo hice porque pensé que sería más fácil, en las películas lo hacen parecer muy sencillo, pero me di mis buenos putazos, la verdad eso no fue nada con lo que me esperaba, los guachos no siguieron a la patrulla, se detuvieron conmigo y me llevaron atorado.”

“Luego de que los sorchos me agarraron me llevaron a la caja de la camioneta, creo que son Cheyennes las que traen, tenía rato que no me subían a la caja de una camioneta y que me sentía con miedo de a dónde me llevarían, porque no es verdad que no te den miedo los soldados, no he conocido cabrón que no ande en el negocio que no le tenga miedo a los verdes, yo si les tenía miedo, les tenía chingos de miedo luego de que me contaron lo que le hicieron a los camaradas que ya habían agarrado, y tenía razón en estar culeado, porque cuando lo viví en carne propia fue más cabrón que como me lo platicaban. Me llevaron al Campo Militar y en el trayecto al campo me iban pisando, cuando llegamos, me metieron en una galera, me imagino que eran como dormitorios o algo así, aunque no tenía camas, me taparon la cara con mi camiseta, me la quitaron y me la amarraron alrededor de la cara para que no viera quiénes eran, sus acentos eran del sur de México, ya había escuchado esos tonos de voz porque en la Compañía hay varios de otras partes, después me enrredador en una alfombra o cobertores, no sé la verdad que haya sido, como si estuviera dentro de una flauta, sé que a ese castigo le dicen la momia, quedas envuelto y te empiezan a golpear con bates o palos, para que te duela, pero no se te hagan las marcas, también me aplicaron la bolsa, todo esto para que les dijera para quién trabajaba, dónde me pagaban y quiénes nos protegían. Los guachos querían información y empezaron a buscarla desde abajo, no era el único que estaba ahí, había otros que ya había visto también, unos si pasaron información sin importancia, otros dieron santo y seña de todos los movimientos, yo estuve unos dos días antes de que me llevaran a la PGR, me pusieron a disposición con casi trescientos envoltorios, cuando yo ya traía nada más unos cincuenta, no sé de dónde sacaron los demás, me imagino que de los otros que estaban ahí, a unos los soltaron, a otros nos llevaron a la federal y a otros no los volví a ver.”

Samuel relata que estuvo casi dos días detenido en la Procuraduría General de la República, el término legal para retenerlo son cuarenta y ocho horas, después lo trasladaron al Penal del Topo Chico, en donde quedó a disposición de un Juez de Distrito en Materia Penal, su cargo era posesión con fines de comercio de clorhidrato de cocaína, un delito contra la salud considerado como grave y sin derecho a fianza.

“Yo sé que si traes mucha droga se acredita que es para venta aunque no haya compradores, son cosas que uno aprende en el negocio, si la Compañía no me manda un abogado ahorita todavía estaría en la cárcel, no es que me haya ido mal en la escuelita, pero prefiero la libertad, el licenciado me dijo que tenía que declarar que si era mía toda la droga, que era para mi consumo personal y que la compré en las escaleras de la colonia Independencia, en Monterrey, se me hizo una historia bien pendeja, pero así de pendeja que el Juez me hizo caso y como no había compradores que dijeran que yo era vendedor de drogas, la droga se consideraba para mi consumo y por lo tanto luego de casi ocho meses en el bote salí libre con fianza.”.

La estrategia legal del abogado de Samuel había funcionado, los soldados basaron su denuncia en que recibieron una llamada anónima en la que se señalaba a Samuel vendiendo drogas y como parte del grupo de Los Zetas, pero como no había compradores y Samuel confesó que si era su droga y que la cocaína era para su consumo, entonces no hubo más que reclasificar la conducta a una posesión para consumo que excede de lo permitido, lo cual es un delito que alcanza fianza. Así Samuel pudo salir del penal, pero no salió para regenerarse, ahí dentro se le abrieron más puertas.

“En el bote conocí a quien sería mi Padrino en el bisnes, nos conocimos cuando me mandaron al área que él dominaba, era muy distinto a lo que me imaginaba, empecé a trabajar para el Tío dentro del Penal, haciéndole mandados, llevando recados, haciendo la talacha en su dormitorio, todo lo que quisiera el señor, cuando se hacían las fiestas procuraba que no le faltara nada, un día, de la nada, él solo me dijo que qué iba a hacer cuando saliera, como él sabía que yo me había amachinado con los soldados y no les dije nada de nuestros movimientos, me dijo que si no quería subir de nivel. Obviamente le dije que si, que yo no quería ser nada más un vendedor de punto, yo quería ser encargado de ciudad. Antes de salir del Topo fui a despedirme del Tío, él ya sabía que me iba, me dijo que si de verdad quería subir en el jale le dijera, y le repetí que si, entonces me dijo que saliendo me iban a llevar a entrenar, ya que me iban a meter a la operativa.”

Samuel había hecho amistad con elementos del grupo operativo de la delincuencia organizada para el que trabajaba y en el Penal en lugar de readaptarse a la sociedad su estadía únicamente lo relacionó con la sociedad criminal en la que trabajaba.

“Me llevaron a un rancho para el rumbo de Los Ramones, Nuevo León, yo ni sabía que existía ese pueblo, ahí si me las vi bien negras, dormía en el piso, con cobijas únicamente, un exmilitar al que conocíamos como el GAFE nos empezó a entrenar, el entrenamiento no era lo que me esperaba, parecía que nos entrenaban para ser soldados, yo creí que nomás me iban a dar una pistola, una metralleta, una camioneta y que ya con eso, pero no, si nos pusieron una chinga, ya después supe que los que estábamos ahí era porque nos tenían en entrenamiento especial, distinto al que le dan a los demás de la operativa, porque a nosotros nos estaban preparando para cuidar al Tío cuando saliera del Penal.”.

Según Samuel, su padrino estaba próximo a salir del encierro preventivo en el que estaba por delitos contra la salud y de violación a la ley federal de armas de fuego y explosivos, ya que, por un error de la Fiscalía no se acreditaba que las diez armas que estaban en la casa donde fue detenido eran de él, porque según los soldados esas armas estaban en las camionetas que traían los delincuentes y al presunto narco se le detuvo abajo de estas.

“Nos entrenaron para muchas situaciones, nos dieron entrenamiento por ríos, caminando con las armas, de manejo, aprendí mucho la verdad, y nos pusieron a prueba, luego de tres meses de entrenamiento, en el que no me dejaron probar las drogas, nos dieron las armas y camionetas, teníamos que ir a hacer un levantón, era mi primer levantón, estaba nervioso, el objetivo era un señor de sesenta años dueño de una línea de camiones en Allende, fuimos desde Los Ramones hasta Allende, ya nos habían dicho los movimientos usuales del señor y nos subimos en grupos de cuatro en cada camioneta, en total fuimos doce al evento, a mi me tocó ir en el grupo que iba a entrar por el viejo, los otros se quedaron afuera de la casa del viejo una camioneta en cada esquina de la calle, los policías municipales no nos iban a molestar, era de noche, llegamos y le tumbamos la puerta a patadas, uno de los de mi equipo había sido policía municipal de Guadalupe y ya tenía experiencia en metere a las casas a sacar a la gente, le decían la Sombrilla, no sé porqué, me imagino que por negro y chaparro, pero lo que tenía de chaparro lo tenía de cabrón, sacó al viejo de su cama y casi se muere de un susto, lo jaló de los pelos y lo trepó a la camioneta, de volada nos subimos y lo llevamos hasta la casa de seguridad que nos dijeron nos estaba esperando. Al viejo lo tuvimos diez días con nosotros, le tumbamos siete millones de pesos a la familia, de los cuales no me tocó ver nada, me dijeron que porque era mi iniciación, la verdad si me dio coraje, porque le echamos muchas ganas y no nos pagaron nada, pero bueno, uno es alineado y no me quejé, y que bueno que no lo hice, porque al que se quejó le pegaron tablazos hasta que se desmayó.”

Ya que Samuel había actuado en la calle, ya podía proteger a su padrino, y así empezó a hacerlo cuando éste salió de prisión, sus labores fueron más que nada de seguridad, pues no había muchas autoridades que les hicieran frente, ocasionalmente se topaban con el Ejército, pero la oportuna llamada de los halcones que iban de punta los hacían cambiar de rumbo.

Todo esto lo estuvo haciendo por casi un año y medio, sin ser molestado por nadie, Samuel realizaba sus labores de seguridad con los ocasionales trabajos extra que hacía con otros compañeros de su ilegal trabajo.

“A veces nos daban chance de trabajar por nuestra cuenta, y es cuando nos poníamos a robar camionetas o a secuestrar gente, pero nada de mover drogas por nuestra propia iniciativa, eso si se pagaba con la vida, todo iba bien hasta cuando un día íbamos en el convoy, yo iba en la segunda camioneta, con el Tío, y otros tres chavos, íbamos bien locos con lavada, dejé de consumir la piedra, porque solo me pudría la mente y empecé a meterme la lavada, con sabores, me gusta mucho la cocaína con sabor a naranja y a uva, he probado de fresa y plátano, pero no me gustan, entonces nos topamos a los contras, tenían un retén en la carretera y tenían cerrado el paso, nos estaban esperando, nos empiezan a tirar y la camioneta que iba de punta la rafaguearon y me imagino que se chingaron a los que iban en ella porque no salió ningún disparo de defensa.”.

La camioneta blindada en la que iba Samuel evitó que cayeran instánteamente, los instintos del conductor fueron los de seguir adelante y dejar atrás a sus compañeros, no detuvieron su marcha y pasaron entre las camionetas que estaban formando la barricada.

“La adrenalina se me subió al cien, aparte de que andaba hasta arriba con los pases de lavada que me había metido, a uno de los compañeros se le salió un tiro de su pistola, y solito se pegó en la pierna, lo llevamos urgente a un centro médico en Montemorelos, me bajé de la camioneta y le pregunté al doctor que estaba ahí que si tenía quirófano, me dijo que si y entonces bajamos al compa, al doctor no le quedó de otra más que operarlo, luego de que salió del hospital nos lo llevamos a la casa de seguridad, ahí estuvimos una semana clavados hasta que se calmaron un poco las cosas, pero de ahí todo se fue en picada, parecía que ya no servía de nada rezarle a la niña.”.

Samuel se refería al culto a la llamada santa muerte, en el que piensa que todo lo bueno que le pasa es a gracia de la imagen de su devoción y que todo lo malo que le pasa es porque no le reza como debe, de hecho esto le causa graves preocupaciones, el pensar que le está fallando a la muerte.

“Para mi no hay nada más importante, más que mi propia familia, que la niña blanca, ella es la que me ha dado tanto y con la que estoy agradecido por todos los favores concedidos. Me imagino que no le estaba haciendo sus oraciones como a ella le gusta, porque desde ese día que nos quisieron matar las cosas se pusieron muy cabronas. Luego de estar tapiñados una semana en la casa de seguridad, salimos a continuar las rutinas, al Tío le mandaron más seguridad para reponer a los que se quebraron ese día en Galeana, luego, como se calentó la plaza nos rotaron para San Luis Potosí, allá no conocía a nadie, y la verdad las morras de por allá no me gustaban mucho, pero pues había que seguir jalando para la Compañía, llegamos a Ciudad Valles, San Luis Potosí, nos instalamos en la casa que nos asignaron, fuimos a conocer a la policía y luego en junio empezaron las balaceras con los contras, llegaron a calentar esa plaza también, empezaron las balaceras, por primera vez me tocó tronar el cuerno contra otra persona, ya había practicado pero esta vez se sintió mejor que cuando le tiraba a las siluetas, ahora nos agarramos en la calle, hubo balas perdidas, creo que le pegaron a unas chavas, después de eso levantamos a unos de los contras que se quedaron ahí heridos para sacarles información y nos los llevamos a una casa de seguridad, ahí los estuvimos tableando para que confesaran, pero como dije, se vino la voladora.”.

Samuel se refería a la inminente llegada del Ejército Mexicano que estuvo siguiendo de cerca los enfrentamientos que había sostenido su grupo con la banda contraria.

“Nos cayeron los soldados, parecía enjambre, hubo balazos, les tiramos desde adentro, ahí teníamos a los cuatro levantados y les estuvimos dando pelea por una hora, pero llegó el momento en que se nos acabaron las balas y no teníamos piñas, como quiera yo nunca me enseñé a aventarlas bien, me daban nervios aventarlas, algunas veces las aventé con la espoleta puesta, hacer eso te costaba diez tablazos, cuando los soldados vieron que ya no disparábamos se animaron a entrar, reventaron la casa y nos agarraron, nos pusieron una chinga y nos dijeron que teníamos suerte de que no les tumbamos a ninguno, porque si no, no estaríamos vivos, al menos en eso mi flaquita me iluminó. Ya tengo casi medio año encerrado y ahora no hay forma de decir que era para consumo la droga que nos encontraron y ni cómo quitarnos a los levantados que nos encontraron ni el ataque a los guachos. Es díficil la vida en prisión, pero espero que podamos controlar esta cárcel como la del Topo. Ha sido un camino muy loco desde que empecé en el jale, me ha tocado vivir mucho y no dejo de sentirme un chingón, porque aunque estoy enjaulado lo león no me lo quitan.”.

Encerrado y con penas de hasta cuarenta años de cárcel, sin recursos legales que lo puedan ayudar, así estará esta navidad Samuel, por elegir un camino que pensó era el mejor para él.

Como él, muchos jóvenes mexicanos están, cegados por las modas, corridos y la pobreza.

La educación es lo que se necesita para evitar más casos como estos, lamentablemente, muchos de los padres no están o no quieren estar, y su ausencia se traduce en el pensamiento de que ser criminal…

“Es de chingones“.


Fuente: Todo el texto fue tomado del Blog de Sinfulmx EL TREPIDANTE MUNDO DE SINFUL
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karla

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